En este momento, justo ahora
Partiría caminando
Hasta Chillán.
Hasta San Carlos.
Caminaría con la mirada perdida
Con las manos en la espalda
Caminaría con la imagen corporativa en la nuca
Así iría caminando yo ahora.
En este mismo segundo
Caminando y avanzando
Como en un día de verano.
Pasito a pasito
Con los pies desnudos
Llegaría hasta Ñuble
Y de ahí al mundo!
Quién sabe?
A la argentina, al Uruguay
Mato Grosso, a las llanuras
Cruzaría caminando los océanos
Los desiertos, las selvas y los bosques
A pie por tierras exóticas
Visitaría la India
Me bañaría en las aguas sagradas de la vida
Dormiría a los pies del Himalaya
En las estepas mongoles
En Escandinavia,
____________Groenlandia,
_____________________Baltimore
Y todo caminando desde ahora ya.
Pero este instante nunca llega
Siempre me voy quedando atrás en la carrera
El tiempo me lleva nariz de ventaja
Y las fuerzas de mi cabeza
Impiden que dé el primer y definitivo paso.
(cheun rume) |
20101217
20101128
Paseo Dominical
a propósito de
Cardenio Avello y Yugoeslavia
Hier ruht Anna Klapp, geboren Neumann.
Hola, ¿cómo están? Hace tiempo que no nos veíamos. Sí, me vine caminando. Está bonito el día. Igual hay un viento helado que engaña. Quizás debí venir con un polerón. Pero en fin, ¿cómo han estado? ¿Sin novedad? Yo tengo un montón de cosas para contarles.
Mira, me regalaron un reloj. No creo que les sirva mucho a ustedes saber la hora. El tiempo, me imagino, deja de ser una variable relevante en su estado. A mí nunca me ha interesado mucho saber a qué velocidad giran las cosas, pero qué sé yo. Supongo que se hace necesario. Como un impuesto social que obliga a conocer con precisión suiza el instante en el que uno vive. Me parece irrelevante saber la hora, siempre va cambiando y lo va dejando a uno atrás. No sé muy bien para qué, pero igual uso el reloj. Son un cuarto para las cinco. O sea me demoré cuarentaicinco minutos en caminar hasta acá. Aproximadamente.
Sí... no me puse zapatos, vine con las chalas. Es que no me gusta andar con zapatos. Me da calor en los pies y con el verano que avanza no es buena idea tener los pies muy acalorados. Además estoy todos los días con zapatos. O zapatillas que parecen zapatos. Pero es lo mismo. De 08.30 a 19.00, todos los días con zapatos. ¡Y con camisa! ¿Se habían imaginado que iba a andar yo con camisa? Si parezco un caballero. La última vez que los vi a cada uno de ustedes, también estuve con camisa. Bien ordenadito, pero no muy peinado. Sin reloj. El tiempo tampoco era importante para los que quedamos acá.
Oye Oma, ¿les contaste a todos cómo nos reímos hace un año cuando nos despedimos? Nos lucimos esa vez. Mi hermana especialmente, que se paró valientemente frente a todos como en un altar y sin que le temblara la voz, se puso a leer disparates sobre cómo avanza el tiempo y nos va dejando sólo historias.
Ahora que venía caminando, por ejemplo, pasé por esa calle que se llenó de bares, frente a la estación. Adelante mío iba un viejo chico tambaleándose. Entonces, el viejo llegó donde unos jóvenes que esperaban micro, y le preguntó dificultosamente a uno “¿Estoy bien o estoy mal?”. No alcancé a escuchar la respuesta, porque al frente había otro viejo, con ropas sucias y rasgadas que, apoyado en la muleta que reemplazaba la pierna que le faltaba, gritaba: “¡Es tu culpa! ¡Es tu culpa!”.
Un poco más adelante, frente al supermercado, había otro viejo tirado en la puerta de una casa vieja de un piso. De ésas que están ahí desde los tiempos en los que habían trenes. Se juntaban todos los viejos de ferrocarriles a tomar en esa cuadra y se escuchaba un partido de fútbol en la radio. Ustedes seguramente recuerdan esos tiempos mejor que yo. Al lado había un marino con su impecable disfraz esperando micro para ir a la Base Naval. Poco y nada le importaba el viejo. A nadie le importa qué pasa con tanto viejo que da vueltas. Es lo que yo les decía, el tiempo deja de ser una variable cuando se llega a cierta edad. Quizás eso hace que sea tan extraño venir a conversar con ustedes. No me entiendan mal, siempre me gustó estar con todos ustedes. Incluso a los que no alcancé a conocer, disfrutaba cada momento en su compañía y nunca lo supe. Por eso nunca comprendí que hayan decidido mudarse hasta acá. Están lejos ya. Y, ¡miren a su alrededor! Aquí también está todo destruido. Ni siquiera ustedes se alcanzaron a salvar.
¿Cómo lo pasaron esa noche? Ya van nueve meses, por estos días deberían empezar a nacer los primeros hijos de la desesperación. Me imagino que están todos amontonados ahí abajo. No creo que alguien haya bajado a ver cómo quedaron. Si incluso se robaron las manillas de la puerta. Está todo bastante olvidado por estos lados. Claro que me imagino que estaba peor. Hace nueve meses también vine, pero no me dejaron entrar. Parece que tenían una especie de fiesta. Una danza macabra medieval. Ahora, si se levantan y andan, hay un montón de muros que se cayeron. También se cayeron los nombres en las piedras. Es lo que he pensado siempre, después de un tiempo hasta los nombres en las piedras se borran y se pierden. ¿Se fijan que mudarse para acá es un acto desesperado contra el tiempo? Mejor sería asumir de una buena vez que, en realidad, nunca más los vamos a ver. Que se desvanecieron, que ya no existen. Para qué seguir con esta hipocresía, cuando todos sabemos que después de un par de meses ni siquiera nos vamos a acordar de lo que hemos vivido.
Mira Oma, tu nombre ni siquiera está escrito sobre esta piedra. Nadie más se ha acordado. Hemos estado tan apurados con el hoy, que no hemos podido hacer una pausa por ti. Están tu esposo, tu suegro y suegra, tu cuñada, su esposo, su suegro, su suegra, un sobrino de todos. E incluso está la señora Anna ahí arriba, la dueña original deste hoyo olvidado, con 20 años más edad que mi bisabuelo. Pero tu nombre no está. Y no está porque se nos arrebató el pasado de golpe una vez más. Así como los muros de esos mausoleos se derrumbaron dejando en libertad los espíritus del purgatorio, así mismo se derrumbaron nuestros días.
Después de ver a los viejos borrachos con tanta sociabilidad, seguí caminando por el larguísimo paso sobre nivel que cruza la línea férrea. Iba subiendo con dificultad. Y además me daba un poco de susto en realidad. Las micros pasaban zumbando mis oídos a medio metro y la calzada es estrecha. Además ya no tiene barrera en muchas partes. También se cayó. O la chocaron, vaya uno a saber.
Una hermosa chica en bicicleta me adelantó. Iba calmada, pedaleando con relajo y con unas ramitas de laurel en el bolso. Siguió feliz de la vida en su bici aún cuando una micro pasó a 20 centímetros della. Se veía más linda en la medida que avanzaba hacia el imponente cerro lleno de lengas y araucarias. Yo miraba el cerro y pensaba que tenía que cruzarlo todavía. A mi derecha estaba muy abajo la línea de tren y los escombros del paso sobre nivel antiguo. Por la línea iba otro viejo sucio caminando. Creo que iba fumando siguiendo esos dinteles que hace años ya no llevan a ninguna parte. Esta llena de viejos esta ciudad y nadie los escucha o se preocupa.
Después, al comenzar a bajar, me encontré con todas esas marmolerías que hay al lado de los puestos de flores. Desesperadamente tratan de escribir en piedra el pasado para que no se olvide y lo adornan con flores para hacerlo más atractivo. Pero a estas alturas las flores tienen olor a muerto y las piedras se caen y rompen con cada réplica. Ahora aquí en Cardenio Avello con Yugoeslavia, estoy hablando solo como un loco. Con ustedes que ya no viven entre nosotros. Que por esta hipócrita obstinación de los hombres, condenamos a morir dos veces. Primero en la carne y ahora en el demasiado lento olvido. Ustedes que nos dejaron un día de una forma que yo nunca lograré entender. Ustedes que hicieron tantas cosas y que de pronto dejaron de hablar, se cansaron y decidieron mudarse acá atrás del Chepe.
Estoy tentado a acostarme sobre la lápida, como una lagartija al sol, y esperar que se me quite este mareo. Me duele la guata y estoy un poco acalorado. De repente me quede aquí esta noche acompañándolos. O eventualmente, me mude también a este patio inútil. Aquí donde condenamos a nuestros muertos al ostracismo para seguir nuestras frágiles vidas sin sentido. Como buen penquista, seré inexplicablemente olvidado en una piedra detrás del Chepe.
Mira, me regalaron un reloj. No creo que les sirva mucho a ustedes saber la hora. El tiempo, me imagino, deja de ser una variable relevante en su estado. A mí nunca me ha interesado mucho saber a qué velocidad giran las cosas, pero qué sé yo. Supongo que se hace necesario. Como un impuesto social que obliga a conocer con precisión suiza el instante en el que uno vive. Me parece irrelevante saber la hora, siempre va cambiando y lo va dejando a uno atrás. No sé muy bien para qué, pero igual uso el reloj. Son un cuarto para las cinco. O sea me demoré cuarentaicinco minutos en caminar hasta acá. Aproximadamente.
Sí... no me puse zapatos, vine con las chalas. Es que no me gusta andar con zapatos. Me da calor en los pies y con el verano que avanza no es buena idea tener los pies muy acalorados. Además estoy todos los días con zapatos. O zapatillas que parecen zapatos. Pero es lo mismo. De 08.30 a 19.00, todos los días con zapatos. ¡Y con camisa! ¿Se habían imaginado que iba a andar yo con camisa? Si parezco un caballero. La última vez que los vi a cada uno de ustedes, también estuve con camisa. Bien ordenadito, pero no muy peinado. Sin reloj. El tiempo tampoco era importante para los que quedamos acá.
Oye Oma, ¿les contaste a todos cómo nos reímos hace un año cuando nos despedimos? Nos lucimos esa vez. Mi hermana especialmente, que se paró valientemente frente a todos como en un altar y sin que le temblara la voz, se puso a leer disparates sobre cómo avanza el tiempo y nos va dejando sólo historias.
Ahora que venía caminando, por ejemplo, pasé por esa calle que se llenó de bares, frente a la estación. Adelante mío iba un viejo chico tambaleándose. Entonces, el viejo llegó donde unos jóvenes que esperaban micro, y le preguntó dificultosamente a uno “¿Estoy bien o estoy mal?”. No alcancé a escuchar la respuesta, porque al frente había otro viejo, con ropas sucias y rasgadas que, apoyado en la muleta que reemplazaba la pierna que le faltaba, gritaba: “¡Es tu culpa! ¡Es tu culpa!”.
Un poco más adelante, frente al supermercado, había otro viejo tirado en la puerta de una casa vieja de un piso. De ésas que están ahí desde los tiempos en los que habían trenes. Se juntaban todos los viejos de ferrocarriles a tomar en esa cuadra y se escuchaba un partido de fútbol en la radio. Ustedes seguramente recuerdan esos tiempos mejor que yo. Al lado había un marino con su impecable disfraz esperando micro para ir a la Base Naval. Poco y nada le importaba el viejo. A nadie le importa qué pasa con tanto viejo que da vueltas. Es lo que yo les decía, el tiempo deja de ser una variable cuando se llega a cierta edad. Quizás eso hace que sea tan extraño venir a conversar con ustedes. No me entiendan mal, siempre me gustó estar con todos ustedes. Incluso a los que no alcancé a conocer, disfrutaba cada momento en su compañía y nunca lo supe. Por eso nunca comprendí que hayan decidido mudarse hasta acá. Están lejos ya. Y, ¡miren a su alrededor! Aquí también está todo destruido. Ni siquiera ustedes se alcanzaron a salvar.
¿Cómo lo pasaron esa noche? Ya van nueve meses, por estos días deberían empezar a nacer los primeros hijos de la desesperación. Me imagino que están todos amontonados ahí abajo. No creo que alguien haya bajado a ver cómo quedaron. Si incluso se robaron las manillas de la puerta. Está todo bastante olvidado por estos lados. Claro que me imagino que estaba peor. Hace nueve meses también vine, pero no me dejaron entrar. Parece que tenían una especie de fiesta. Una danza macabra medieval. Ahora, si se levantan y andan, hay un montón de muros que se cayeron. También se cayeron los nombres en las piedras. Es lo que he pensado siempre, después de un tiempo hasta los nombres en las piedras se borran y se pierden. ¿Se fijan que mudarse para acá es un acto desesperado contra el tiempo? Mejor sería asumir de una buena vez que, en realidad, nunca más los vamos a ver. Que se desvanecieron, que ya no existen. Para qué seguir con esta hipocresía, cuando todos sabemos que después de un par de meses ni siquiera nos vamos a acordar de lo que hemos vivido.
Mira Oma, tu nombre ni siquiera está escrito sobre esta piedra. Nadie más se ha acordado. Hemos estado tan apurados con el hoy, que no hemos podido hacer una pausa por ti. Están tu esposo, tu suegro y suegra, tu cuñada, su esposo, su suegro, su suegra, un sobrino de todos. E incluso está la señora Anna ahí arriba, la dueña original deste hoyo olvidado, con 20 años más edad que mi bisabuelo. Pero tu nombre no está. Y no está porque se nos arrebató el pasado de golpe una vez más. Así como los muros de esos mausoleos se derrumbaron dejando en libertad los espíritus del purgatorio, así mismo se derrumbaron nuestros días.
Después de ver a los viejos borrachos con tanta sociabilidad, seguí caminando por el larguísimo paso sobre nivel que cruza la línea férrea. Iba subiendo con dificultad. Y además me daba un poco de susto en realidad. Las micros pasaban zumbando mis oídos a medio metro y la calzada es estrecha. Además ya no tiene barrera en muchas partes. También se cayó. O la chocaron, vaya uno a saber.
Una hermosa chica en bicicleta me adelantó. Iba calmada, pedaleando con relajo y con unas ramitas de laurel en el bolso. Siguió feliz de la vida en su bici aún cuando una micro pasó a 20 centímetros della. Se veía más linda en la medida que avanzaba hacia el imponente cerro lleno de lengas y araucarias. Yo miraba el cerro y pensaba que tenía que cruzarlo todavía. A mi derecha estaba muy abajo la línea de tren y los escombros del paso sobre nivel antiguo. Por la línea iba otro viejo sucio caminando. Creo que iba fumando siguiendo esos dinteles que hace años ya no llevan a ninguna parte. Esta llena de viejos esta ciudad y nadie los escucha o se preocupa.
Después, al comenzar a bajar, me encontré con todas esas marmolerías que hay al lado de los puestos de flores. Desesperadamente tratan de escribir en piedra el pasado para que no se olvide y lo adornan con flores para hacerlo más atractivo. Pero a estas alturas las flores tienen olor a muerto y las piedras se caen y rompen con cada réplica. Ahora aquí en Cardenio Avello con Yugoeslavia, estoy hablando solo como un loco. Con ustedes que ya no viven entre nosotros. Que por esta hipócrita obstinación de los hombres, condenamos a morir dos veces. Primero en la carne y ahora en el demasiado lento olvido. Ustedes que nos dejaron un día de una forma que yo nunca lograré entender. Ustedes que hicieron tantas cosas y que de pronto dejaron de hablar, se cansaron y decidieron mudarse acá atrás del Chepe.
Estoy tentado a acostarme sobre la lápida, como una lagartija al sol, y esperar que se me quite este mareo. Me duele la guata y estoy un poco acalorado. De repente me quede aquí esta noche acompañándolos. O eventualmente, me mude también a este patio inútil. Aquí donde condenamos a nuestros muertos al ostracismo para seguir nuestras frágiles vidas sin sentido. Como buen penquista, seré inexplicablemente olvidado en una piedra detrás del Chepe.
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nwm
a las
16:05:00
20101123
Horacio (canción)
a propósito de
those were the songs we were singing
Lees la risa entre sus dientes
vives solo en esta mente
cumples con toda la paciente
espera indiferente.
Horacio señalas con tu dedo
el justo comienzo deste fuego
Es aquí y en este momento
el sacrificio de Prometeo.
El tiempo avanza
la urgencia cansa
y la noche vive descalza
no tienen más que heridas nuestras flores.
Horacio, la ciudad yerma
ya te espera.
Horacio eres la puerta
a nuestra tierra
Horacio eres la fuerza
desta histeria.
vives solo en esta mente
cumples con toda la paciente
espera indiferente.
Horacio señalas con tu dedo
el justo comienzo deste fuego
Es aquí y en este momento
el sacrificio de Prometeo.
El tiempo avanza
la urgencia cansa
y la noche vive descalza
no tienen más que heridas nuestras flores.
Horacio, la ciudad yerma
ya te espera.
Horacio eres la puerta
a nuestra tierra
Horacio eres la fuerza
desta histeria.
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nwm
a las
17:29:00
20101023
Segismundo
a propósito de
cosas q pasan.
Qués la vida? un frenesí.
qués la vida? una ilusión.
una sombra, una ficción
& el mayor bien es pequeño:
que la vida es sueño
& los sueños, sueños son.
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nwm
a las
11:58:00
20101017
La trucha y el caballo.
a propósito de
Esopo
Estaba un día de verano el caballo bebiendo de un calmo riachuelo. Vio entonces una trucha poco más allá que se desfiguraba por nadar aguas arriba.
"Pero, ¿qué haces trucha?"- Preguntó el caballo. "¿Por qué te esfuerzas tanto en nadar contra la corriente? ¿Acaso no ves que no avanzas?"
La trucha lo miró de reojo e hizo una mueca de desprecio.
"Mira caballo, no te metas donde no te han llamado." Respondió con seguridad. "Si dejo de nadar, seguro que me arrastra la corriente y termino anda tú a saber dónde."
Los enormes ojos vacíos del caballo se abrieron todavía más detrás de sus anteojeras y relinchó:
"¿Pero qué puede pasar? Bajarías por todo el país, por la falda de la cordillera, por los campos sembrados de oro, por las selvas australes, los cerros antiguos y por los humedales prolíferos hasta llegar al enorme océano donde podrías descansar y pasear a tus anchas."
"¡¿Pero y te parece poco?!" - Grito alarmada la trucha - "Llegar a disolverse en un océano, donde cada gota de agua es tan insignificante como la que tiene al lado. ¡No señor!"
Sin comprender aún, el caballo siguió bebiendo el agua cristalina mientras agitaba la cola para espantar las moscas.
"Si no nadase, además, seguramente moriría en alguna cascada, aplastada contra las rocas como un insecto. Ahora sólo dependo de mi esfuerzo para seguir viva, sólo de mi sudor para alcanzar las nieves eternas."
"Está bien" - dijo el caballo que se dio la vuelta para seguir pastando un poco más allá. Si no hubiera sido vendado por los hombres, el noble animal habría visto que efectivamente aguas abajo el dócil riachuelo se convertía en furiosos rápidos. Y habría notado también cómo la trucha se deformaba inútilmente bajo la fuerza del agua en sus hombros, a la misma velocidad a la que transcurría esta conversación.
"Pero, ¿qué haces trucha?"- Preguntó el caballo. "¿Por qué te esfuerzas tanto en nadar contra la corriente? ¿Acaso no ves que no avanzas?"
La trucha lo miró de reojo e hizo una mueca de desprecio.
"Mira caballo, no te metas donde no te han llamado." Respondió con seguridad. "Si dejo de nadar, seguro que me arrastra la corriente y termino anda tú a saber dónde."
Los enormes ojos vacíos del caballo se abrieron todavía más detrás de sus anteojeras y relinchó:
"¿Pero qué puede pasar? Bajarías por todo el país, por la falda de la cordillera, por los campos sembrados de oro, por las selvas australes, los cerros antiguos y por los humedales prolíferos hasta llegar al enorme océano donde podrías descansar y pasear a tus anchas."
"¡¿Pero y te parece poco?!" - Grito alarmada la trucha - "Llegar a disolverse en un océano, donde cada gota de agua es tan insignificante como la que tiene al lado. ¡No señor!"
Sin comprender aún, el caballo siguió bebiendo el agua cristalina mientras agitaba la cola para espantar las moscas.
"Si no nadase, además, seguramente moriría en alguna cascada, aplastada contra las rocas como un insecto. Ahora sólo dependo de mi esfuerzo para seguir viva, sólo de mi sudor para alcanzar las nieves eternas."
"Está bien" - dijo el caballo que se dio la vuelta para seguir pastando un poco más allá. Si no hubiera sido vendado por los hombres, el noble animal habría visto que efectivamente aguas abajo el dócil riachuelo se convertía en furiosos rápidos. Y habría notado también cómo la trucha se deformaba inútilmente bajo la fuerza del agua en sus hombros, a la misma velocidad a la que transcurría esta conversación.
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nwm
a las
17:09:00
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